¿Se puede gobernar desde el odio o la falta de empatía?

Diseno sin titulo 1 6

«Qué asco que da esta negrada». Eso dijo, tal cual, una referente juvenil de La Libertad Avanza en Oberá, Ari Godoy, al pasar en un colectivo frente a una movilización de colonos y tareferos en Puerto Iguazú. No fue un lapsus ni un exabrupto que se le escapó en caliente: fue una definición ideológica, dicha con la comodidad de quien no espera consecuencias.

Y ahí está la primera pregunta que hay que hacerse, sin anestesia: ¿a quién estaba llamando «negrada»? A los tareferos que se levantan a las cuatro de la mañana para cosechar yerba a mano, kilo por kilo, muchas veces sin obra social ni aportes. A los colonos que sostienen, junto con el turismo, buena parte de la economía misionera. Gente que reclamaba, ni más ni menos, un precio justo por su trabajo, mientras el valor de la hoja verde se desplomó a casi la mitad en apenas un par de años.

Ese es el dato que no se puede tapar con relato: el desprecio no fue contra un enemigo abstracto, fue contra la mano de obra que hace posible el mate que toma todo el país. Reclamar un salario digno se convirtió, para una parte de la militancia libertaria, en sinónimo de ser «negro de mierda». Y no es un caso aislado ni una anécdota de redes: es la consecuencia lógica de un discurso que lleva meses instalando la idea de que pedir derechos es una molestia, un capricho, una falla moral de quien no supo «hacerse solo».

En este clima de época, la sensibilidad social parece haber sido anulada por un mecanismo perverso de encasillamiento automático. Hoy resulta imposible expresar una postura crítica o señalar una injusticia sin ser inmediatamente etiquetado. Basta con sostener que la situación de los jubilados es inaceptable, defender la universidad pública o remarcar la pérdida del poder adquisitivo para que esa simple apreciación ciudadana te convierta, de forma preventiva, en «kuka», «zurdo», «vago» o «resentido». Se redujo el pensamiento a una lógica binaria donde no hay lugar para la mirada propia: la preocupación legítima por el prójimo es despojada de su valor ético y categorizada forzosamente dentro de una identidad partidaria. Plantear que una familia no llega a fin de mes o que un trabajador merece un salario digno no es una declaración de fe política; es el ejercicio del sentido común y la empatía elemental.

Ese discurso de la libertad y la propiedad privada suena impecable en la teoría. En la práctica, produjo una generación de jóvenes que lo repiten de memoria hasta convertirlo en personalidad, en bandera identitaria, en excusa para mirar con desprecio al que reclama. Hoy los jubilados salen a la calle a juntar plata entre vecinos para comprar remedios que su obra social dejó de cubrir, y a quien lo denuncia le bajan la etiqueta enseguida. Los docentes, los trabajadores de la salud, los empleados públicos, los tareferos: la gran mayoría la está pasando mal. El odio funciona así: no discute datos, disuelve a la persona.

Porque el ajuste, el de verdad, nunca fue parejo. No tocó los sueldos ni los privilegios de la dirigencia política. Tocó al maestro, al tarefero, al jubilado, al que menos tiene para perder. Esa es la trampa: te venden un relato de esfuerzo compartido mientras el costo lo pagan siempre los mismos. Y la indignación no debería quedarse en un video que se viraliza y se olvida en cuarenta y ocho horas. Alcanza con imaginar, sin necesidad de anticipar nada, qué destino tendrían derechos y servicios como el acceso a la vivienda a través del Iprodha o el boleto subsidiado de la Sube, si ese mismo desprecio por «la negrada» llegara algún día a manejar los recursos de una provincia que se sostiene, justamente, gracias al trabajo de la gente a la que hoy insultan desde la ventanilla de un colectivo.

Acá no estamos discutiendo banderas ni siglas de partidos políticos. Lo que está en juego es la calidad del discurso público, la liviandad con la que nos referimos al otro y el respeto por los valores humanos más elementales. Se trata de entender si es posible construir un proyecto común desde el desprecio hacia el que trabaja y menos tiene. La historia —también la de Misiones, también la de sus luchas obreras y campesinas— ya mostró varias veces adónde conduce ese camino. La pregunta, entonces, sigue abierta: ¿se puede gobernar, o simplemente convivir en sociedad, desde el odio o la falta de empatía?

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