Postales de un pueblo que simula dormir.

Diseno sin titulo 1 4

San Ignacio ya no es el paraíso jesuítico de los folletos turísticos. Detrás del mate en la vereda y la calma pueblerina, se esconden abusos, desapariciones sin respuesta y la detención de un docente que traiciona el espacio más sagrado del cuidado. ¿En qué momento naturalizamos vivir con el horror en el patio de casa?

La famosa frase “acá no pasa nada” tan escuchada, tan repetida y tan representativa, hoy ya no nos pertenece. En los últimos 10 años, San Ignacio conoció el horror en primera persona, el pueblo de las Reducciones Jesuíticas hoy cuenta con habitantes que tuvieron perdidas irreparables, desapariciones y desenlaces trágicos.

Hace algunos días, se hizo pública la noticia de un docente de nuestra ciudad, que fue detenido por almacenar material de abuso sexual infantil en sus dispositivos. Más tarde, en la investigación hallaron fotos de su sobrina y analizan un posible caso de Grooming. El joven de 28 años se desempeñaba como docente en un establecimiento educativo de nuestra ciudad, específicamente del tercer grado, es decir, de niños, de nuestros niños.

¿Cómo entra a un aula alguien que esconde el horror en sus dispositivos? Y peor aún: ¿Cómo reaccionamos como vecinos? Este informe duele porque habla de nosotros, los que nos quedamos callados.

San Ignacio, esta es la noticia más reciente de todas las que venimos naturalizando como ciudadanos de la misma. Esta noticia me lleva a narrar los sucesos que a todos nos duelen, pero que miramos para un costado. Quizá, por miedo, porque el poder político muchas veces es un vecino, porque nos conocemos entre todos, porque si hablamos, algún familiar se puede quedar sin trabajo, y hoy la situación no está para arriesgar ¿no? Este informe no busca culpables, este informe busca concientizar colectivamente a la comunidad, a los ciudadanos, a los que nos ponemos la camiseta de “Sanignaciense” cuando hay elecciones, cuando algún club de fútbol nos representa pero que miramos para un costado cuando una madre pide ayuda para encontrar a su hijo, desaparecido hace cinco años.

En el mapa del olvido, en las heridas abiertas, tenemos nombres:

Leonardo David Capli: desaparecido el 1 de octubre de 2021, tenía 16 años. Fue a pescar con sus amigos y nunca más regresó. Su mamá, Angelina Giménez, expresó: “No siento el apoyo del pueblo ni del municipio y me duele muchísimo. Vivir buscando un hijo es terrible, no se lo deseo a nadie”.

La desaparición de Leonardo llegó a medios de comunicación nacionales, como TN, Infobae, Crónica, entre otros. Incluso se realizó una Campaña de Missing Children, con la presencia de los mediáticos, Julieta Poggio y Gregorio Rosello, donde lucían remeras con la cara de Leonardo.

Los amigos de Capli, quienes fueron con él a pescar, nunca quisieron hablar y mencionaron que se sienten amenazados. ¿Por quién? ¿Quién puede sentirse amenazado en un pueblo dónde, según muchos vecinos, nunca pasa nada? ¿Qué hay detrás de ese silencio? ¿Se trata del temor a personas concretas? ¿A una organización? ¿A alguien con poder o influencia? ¿Existen redes de complicidad que permiten ocultar información durante años? ¿O estamos frente a una combinación de miedo, silencio y ausencia de respuestas que, hasta hoy, nadie ha logrado romper?

Hoy, hay una mesa donde falta un hijo, y ese hijo, amigo, hermano, es Leonardo.

Luis Otazo: desaparecido el 23 de mayo de 2023, tenía 56 años al momento de la desaparición, salió de su domicilio rumbo a su trabajo en la localidad de Santa Ana y nunca regresó.

Nuevamente, surge la incógnita, ¿Cómo puede una persona salir de su casa y desaparecer sin dejar rastros? Pero quizás la pregunta más inquietante sea otra: ¿En qué momento una sociedad se acostumbra a convivir con la ausencia? ¿Cuándo normalizamos que alguien deje de estar y qué, simplemente, nunca más se sepa de él?

Graciela Soto: falleció en la madrugada del 12 de enero de 2024.

En principio, se instauró la idea de que fue un suicidio, pero rápidamente quedó descartado, ya que la autopsia arrojó que la muerte se produjo por asfixia por ahorcamiento con una cuerda que fue encontrada en la casa. Además, se confirmó que un tercero participó en provocarle la asfixia.

Dos años después de este femicidio, no hay detenidos. Y es un caso, que, si no traemos a memoria, quedará en el olvido como tantos otros.

Joven de 18 años, victima de abuso sexual: Se despertó en un conocido camping de la Ciudad de San Ignacio y la escena fue de terror; cinco hombres a su alrededor, dolor y sangre.

Su padre, Sargento Primero de la Policía de Misiones, fue quien la rescato, gracias al aviso que la víctima pudo comunicar a través de WhatsApp. El relato de la joven y de su padre mencionan que había un rostro conocido en medio de esos cinco hombres. Se trata de un Sargento de la Policía que se desempeñaba como custodia/chofer del Intendente de San Ignacio.

La familia denunció el hecho como una red de tratas de personas con fines de explotación sexual. Sin embargo, la Coordinación Provincial de Prevención y Asistencia a las Víctimas de Trata, aclaró que la causa se radicó bajo la carátula de abuso sexual.

¿Trata de personas? ¿San Ignacio? ¿Un pueblo con poco más de 10.000 habitantes?

Hay un patrón que se repite en estos casos mencionados, y es que la mayoría no tiene final, no hay detenidos, y siguen en búsqueda. La falta de respuestas de la justicia penalizó a las familias al olvido.

Conocemos sobre el manejo de la justicia en Argentina y sus fallas, pero no quiero hablar de ello, no nos compete, pero si, hablar de nuestro actuar. ¿Cómo nos acostumbramos a que estos actos atroces sean parte de la agenda diaria de un ciudadano de San Ignacio? ¿Cuándo nos dejó de doler lo que le pasa a un vecino? ¿Por qué el titular de DESAPARICIÓN no nos conmueve?

La anatomía del silencio parte de cómo el pueblo procesa la tragedia:

Primero llega el shock, el murmullo en la panadería o la plaza.

El “no te metas” por miedo a quién puede estar detrás. Y acá me detengo, porque a las personas que les comenté que quería realizar este informe, antes de apoyarme en mi labor periodística, me dijeron en un tono preocupante “¿Estás segura?”, me preguntaron, y también: “Tenes que tener mucho cuidado”, es como si colectivamente supiéramos que hay alguien o algo manejándonos, pero no sabemos quién o qué es, pero es una sombra que te atemoriza, hasta el punto de mirar para un costado ante el dolor de una familia con un desaparecido, o de muertes con cierres inconclusos.

Aparece el “rumor” que divide a los vecinos, porque la historia es contradictoria, porque hay cosas que no “cierran” en la escena, porque ponemos en duda el relato, porque la víctima andaba en “cosas raras”, porque la pollera era cortita, como si todo eso fuese una justificación para que alguien tenga el derecho a desaparecerte. Y por eso nosotros nos llamamos al silencio, porque no sabemos “cómo fue”. ¿Hay que entender cómo fue para saber que un abuso sexual está mal y penado por la Ley? ¿Dónde quedó la empatía ciudadana?

Y cuando deja de existir esa empatía, comienza el camino al olvido total. Y este informe tiene ese objetivo, recordar hoy a Leonardo, a Luis, a Graciela, a la joven de 18 años y a sus familiares. No solo les tocó atravesar el hecho aberrante en sí, sino una justicia lenta, un pueblo que no les abrazó, o que quizá tuvo la intención de abrazarlos, pero por temor no lo hizo.

¿Es cansancio, es miedo o es que, si el hijo derramado no es el nuestro, la sangre pesa menos?

En San Ignacio todos compartimos los mismos espacios. Los que deben investigar, los que deben proteger y los sospechosos cruzan las mismas miradas en las calles. ¿Cómo se pide justicia cuando el poder es un vecino más? El miedo a hablar es real, pero el costo de callar está siendo demasiado alto.

¿Qué pueblo le estamos dejando a los que vienen?

Seguimos siendo el pueblo del turismo y los estudiantes cruzando la plaza, pero hoy las madres del pueblo miran a sus hijos salir a la calle con un nudo en la panza. No podemos seguir usando la etiqueta de “pueblo tranquilo” como una manta para tapar los cadáveres y abusos.

La Justicia puede fallar, los expedientes pueden cajonearse, pero la condena social y la empatía dependen de nosotros.

San Ignacio no va a recuperar la paz escondiendo la basura debajo de la alfombra. La paz se recupera defendiendo a los nuestros. Que el silencio no sea nuestra próxima condena. Reaccionar ya no es una opción política o judicial; es un deber humano antes de que la indiferencia nos termine de borrar.

Desde mi lugar de periodista y sobre todo de ciudadana de esta localidad, siento la responsabilidad de contar la verdad, una verdad que alguien no quiere que se sepa. Guardar silencio nunca será una opción cuando lo que está en juego es la memoria, la justicia y el derecho de una sociedad a saber.

Nota: Davina Ibarra

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